LA PROMESA..SE ROMPE EL SILENCIO! LEOCADIA ENFRENTA AL MARQUÉS Y TODO TERMINA EN TRAGEDIA!
Engañar a un hombre recto ya es una falta grave, pero empujarlo casi a la muerte por ambición desmedida es un crimen que clama justicia. Y esa justicia, tarde o temprano, termina por abrirse camino de la forma más inesperada. Todo se desencadena en una tarde engañosamente tranquila, una de esas en las que el silencio parece suspender el mundo entero. Es en ese instante cuando Alonso, el marqués, siente un malestar difícil de explicar, un susurro inquietante que lo obliga a retomar un hábito abandonado hacía meses: revisar personalmente los libros de cuentas del palacio.
Durante mucho tiempo, Leocadia había asumido esas tareas con una dulzura calculada, liberándolo del tedio administrativo. Sin embargo, la desazón que le oprime el pecho esa tarde no le permite ignorar la intuición. Entra en su despacho, envuelto en el aroma denso de madera añeja y papeles envejecidos. Abre el armario donde se guardan los registros financieros de La Promesa y, al hacerlo, una ráfaga de peligro invisible lo recorre. Lo que encuentra lo deja petrificado: documentos que nunca había visto, extractos bancarios con movimientos que despiertan sospechas y, peor aún, escrituras de propiedades firmadas con su nombre sin que él recuerde haberlas rubricado jamás.
Conmovido hasta la médula, empieza a hojear aquellos papeles que parecen salidos de una pesadilla. Descubre transferencias de quince mil, veinte mil pesetas a cuentas imposibles de rastrear. Detecta la venta de una finca en Madrid que jamás autorizó y la cesión de acciones de la empresa familiar sin su consentimiento. El sudor frío resbala por su sien cuando murmura para sí: “¿Qué demonios está sucediendo aquí?”. Cualquier persona en su situación habría perdido la calma de inmediato, y Alonso no es la excepción.

Sin perder tiempo, manda llamar a alguien en quien siempre ha confiado: don Esteban Morales, el contable que ha acompañado a los Luján durante décadas. En menos de una hora, ambos se encierran en el despacho, dispuestos a analizar cada cifra con meticulosidad quirúrgica. Tras tres largas horas de angustia, la realidad que emerge es devastadora. Más de ciento ochenta mil pesetas han salido de las cuentas sin explicación durante los últimos seis meses. Propiedades ancestrales aparecen a nombre de desconocidos. Joyas familiares de valor incalculable han desaparecido sin rastro.
Don Esteban, con voz grave y casi quebrada, le revela lo inevitable: aunque todas las operaciones llevan la firma del marqués, hay un patrón clarísimo. Leocadia intervino en cada transacción y en muchas de ellas, las cuentas vinculadas a ella resultaron ser las beneficiarias. Alonso siente cómo el mundo se desmorona bajo sus pies. La mujer en la que depositó su plena confianza, la persona a la que había abierto la parte más vulnerable de su vida, lo había ido saqueando minuciosamente. Una oleada de rabia y tristeza le estrecha el pecho, pero él la ignora, consumido por la urgencia de exigir explicaciones.
Con los papeles acusatorios entre las manos y la furia hundiendo sus pensamientos, baja las escaleras con paso tempestuoso. Localiza a Leocadia en el salón, acompañada de Lorenzo, los dos disfrutando del té como si vivieran en paz absoluta. Alonso ruge su nombre con tal fuerza que los cristales tiemblan y los sirvientes se quedan paralizados. Leocadia se sobresalta, su taza se vuelca, e intenta fingir serenidad. Pero Alonso, fuera de sí, arroja los documentos sobre la mesa con tal violencia que la porcelana estalla.
La acusa directamente: escrituras falsas, cuentas drenadas, joyas extraviadas. Ella intenta sostener la mentira, dice que él se confunde, que su memoria le falla. Esa insinuación se convierte en el detonante definitivo. Alonso comprende, con horror, que lo habían estado drogando para manipularlo. Que las lagunas de memoria no eran envejecimiento, sino sedantes administrados con premeditación. Lorenzo intenta intervenir, pero Alonso lo aparta con desprecio, llamándolo cómplice y parásito.
Los gritos atraen a Manuel y a Curro, quienes bajan alarmados. Alonso, con la ira florecida en su rostro, les revela toda la verdad: Leocadia falsificó su firma, lo envenenaba para mantenerlo desconcertado, vendió propiedades y robó joyas. Ella, acorralada, abandona toda máscara y confiesa que actuó para “protegerse”, afirmando que tomó lo que creía merecer. Esa fría declaración enciende una chispa peligrosa en el marqués. El dolor emocional, la angustia y la traición se combinan en un golpe implacable para su corazón.
En medio de la discusión, su rostro se contrae, lleva una mano al pecho, y los documentos caen al suelo. Manuel grita su nombre, Curro corre a sostenerlo. Alonso jadea, su piel se vuelve grisácea, sus labios azulados. El salón entra en caos total: alguien corre a buscar al médico mientras Catalina aparece conmocionada. Finalmente llega don Julio Martínez, quien diagnostica un infarto agudo. Su vida pende de un hilo y trasladarlo a Córdoba puede resultar fatal, pero no hay alternativa.
Empieza una carrera desesperada contra el tiempo. Entre medicamentos y susurros, Alonso toma la mano de Manuel y le pide que proteja a la familia. Su voz se apaga mientras la rabia de Curro se dirige contra Leocadia, a quien acusan de haberlo llevado a ese límite mortal. Manuel ordena que ella y Lorenzo queden retenidos.

Tras una media hora de tensión insoportable, el marqués está lo suficientemente estable para emprender el viaje. Son dos horas eternas hasta el hospital, donde un equipo lo recibe de urgencia. El diagnóstico es brutal: un infarto masivo con daños severos; las próximas cuarenta y ocho horas serán decisivas. Mientras la familia espera, Leocadia permanece encerrada en La Promesa. Es entonces cuando el peso de sus actos comienza a aplastarla. Ante las lágrimas de su hija Ángela, esta declara que si Alonso muere, testificará en su contra y la repudiará definitivamente.
Pasadas treinta y seis horas, Alonso abre los ojos. Está débil, pero consciente. El médico le explica que ha sobrevivido por poco y que su corazón ha quedado marcado para siempre. Sin embargo, ver a sus hijos a su lado le devuelve cierta fuerza. Manuel promete que Leocadia pagará por cada daño cometido, y Alonso, aún con dificultades para hablar, afirma que la llevará ante la justicia.
Con el marqués recuperándose, Manuel y Curro presentan cargos formales. Las pruebas son demoledoras: fraude, robo, falsificación y tentativa de homicidio. La Guardia Civil arresta a Leocadia mientras Ángela pronuncia un veredicto emocional: ya no tiene madre. Tres meses después, durante el juicio, el testimonio de Alonso es devastador. Narra el engaño, las drogas y la traición que casi le arrebatan la vida. El tribunal dicta culpabilidad en todos los cargos y la sentencia a veinte años de prisión sin reducción.
De regreso a La Promesa, Alonso reúne a su familia. Reconoce que la verdadera riqueza está en el cariño mutuo, no en los bienes materiales. Nombra a Curro administrador del patrimonio, marcando un nuevo inicio para los suyos. Con el paso de los días, la paz retorna poco a poco, aunque las cicatrices permanecen.
Una noche, mientras pasea bajo las estrellas junto a sus hijos, reflexiona sobre cómo la codicia estuvo a punto de destruirlo, pero el amor lo sostuvo. Sin embargo, sin que él lo sepa, un secreto del pasado de Leocadia empieza a resurgir en silencio, dispuesto a alterar nuevamente la estabilidad de La Promesa.